Enfrentarse a un nuevo estreno del Universo Cinematográfico Marvel (MCU) requiere, cada vez más, un ejercicio consciente de gestión de expectativas. Con Thunderbolts, la trigésimo tercera entrada en esta pantagruélica saga, uno desearía poder abordarla como una "grapa" entretenida y autoconclusiva. Sin embargo, la naturaleza interconectada y la escala de la franquicia nos impulsan a juzgarla como un "tomo de lujo", magnificando tanto sus aciertos como sus fallos dentro de un esquema diseñado tanto para el disfrute fugaz como para el completismo fan.
Con esta premisa, nos sumergimos en una historia que funciona casi como una secuela directa de Viuda Negra, cediendo el protagonismo vacante a Yelena Belova. La película arranca con una declaración de intenciones: vemos a Florence Pugh saltar de un edificio al más puro estilo Tom Cruise, para inmediatamente cortar a un plano general con una doble de acción. Es un reflejo de la cinta misma: un intento de arraigo y fisicalidad que, sin embargo, se mantiene dentro de los límites controlados del espectáculo Marvel.
Thunderbolts nos presenta a su equipo de antihéroes "de andar por casa", una versión más terrenal y disfuncional que los propios Vengadores, beneficiándose, como aquella película de 2012, de no tener que detenerse en largas presentaciones (a excepción del villano). Se siente, inicialmente, como una descarada y divertida "fiesta de exvillanos" donde un grupo de perdedores carismáticos, aunque más "atados en corto" que los Guardianes de la Galaxia, logran entretener y mostrar una química palpable. El guion explora temas como el trauma y la redención, buscando una conexión más humana y vulnerable.
El corazón de esta dinámica reside en su elenco. Florence Pugh asume la carga protagónica con la entereza y el brillo de una estrella consolidada. Su Yelena Belova es el motor emocional y carismático de la película, y Pugh agudiza cada interacción con ingenio y una naturalidad magnética. A su alrededor, se congrega un excepcional equipo de apoyo que sabe aprovechar al máximo sus momentos: David Harbour (Guardián Rojo) aporta el contrapunto cómico y paternal con entrega; Sebastian Stan (Bucky Barnes) transmite la gravedad de un pasado tortuoso; Wyatt Russell (John Walker/U.S. Agent) encarna a la perfección la tensión y la ambigüedad moral; y Hannah John-Kamen (Fantasma) comunica eficazmente la vulnerabilidad de su personaje. Aunque sus arcos individuales puedan sentirse supeditados a la trama grupal o a desarrollos previos del MCU, la interacción entre ellos es uno de los puntos fuertes del filme.
Sin embargo, es en la segunda mitad donde la estructura muestra sus costuras. En un valiente intento por escapar del clímax habitual de destrucción masiva, la película vira hacia una "charla introspectiva", una suerte de intervención grupal que, si bien busca una resolución más profunda y original –llegando a una inesperada lucha contra la depresión, literal y figurada–, resulta algo "demasiado consciente de sí misma". Este giro, aunque interesante en su planteamiento, expone también debilidades en la escritura de personajes secundarios como los interpretados con talento por Julia Louis-Dreyfus (Valentina Allegra de Fontaine) y Geraldine Viswanathan, cuyas caracterizaciones se revelan algo endebles una vez que el ritmo frena y el foco se intensifica.
Este esfuerzo por la originalidad choca, lamentablemente, con la necesidad de cumplir con las convenciones del género en su acto final. La amenaza de Sentry/Vigía (interpretado por Lewis Pullman), que prometía ser un elemento "refrescante" por su poder y naturaleza inestable, acaba derivando en una "perezosa destrucción de edificios", arrastrando al conjunto de vuelta al "forzoso esquema" narrativo de Marvel. Es aquí donde la película evidencia su lucha interna: Thunderbolts "intenta desesperadamente ser su propia película", y cuando lo logra, funciona y se siente "fresca", "reflexiva" y hasta "cruda" y "caótica", como señalan algunas críticas.
Se percibe un esfuerzo por recuperar la "sensación de realidad corpórea" de los primeros filmes de Marvel, con un mayor énfasis en efectos prácticos y fisicalidad. La película está "bien armada" y "equilibrada", se disfruta y tiene muy pocas cosas que molesten activamente. De hecho, en el contexto de recientes tropiezos del estudio, bien podría considerarse "la mejor película que ha hecho Marvel en años".
Pero, ¿qué significa realmente esa etiqueta? Como la propia película parece sugerir, quizás no tanto como debería. Thunderbolts sigue siendo, inequívocamente, una película del MCU, con todo lo bueno y lo no tan bueno que eso implica. Su conexión y subordinación a una "causa mayor" la impulsan, pero también la condicionan y la empequeñecen. Aunque lograda, ni rompe el molde ni transgrede su modelo de forma significativa. Reincide en una narrativa conocida con "prudente y acomodada sumisión", limitando su capacidad de sorpresa a ser simplemente un "buen trabajo".
Thunderbolts es un paso adelante reconstituyente para Marvel. Es entretenida, está bien actuada (especialmente por una estelar Florence Pugh y un elenco de apoyo entregado), y se atreve a explorar tonalidades más humanas y diferentes dentro de lo esperable. Logra ser relevante y disfrutable, marcando quizás un camino a seguir. Sin embargo, su "incipiente rebeldía" se ve contenida por las exigencias de la superproducción y la narrativa serializada. Se queda en un "buen trabajo", una película sólida y disfrutable que cumple un propósito quizás "demasiado humilde y modesto" para lo que podría haber sido si se le hubiera permitido tomar algún riesgo auténtico. Una adición valiosa al canon, sí, pero que deja la sensación de que la verdadera transgresión dentro de este universo sigue esperando su momento.

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